Mis pulmones respiraron viento patagónico, es hora de continuar.
Vuelvo al bullicio y a mi soledad.
Tan necesaria, tan deseada.
El camino distante me imprime pensamientos, los kilómetros son miles como mis conclusiones, porque siempre soy otra: soy una mujer que llega y soy otra mujer que se va, siempre distinta.
Todo convive en mí.
Viajar es volverse ajena al tiempo, es la no permanencia.
Moverse en diversas realidades, disponerse a los cambios, amoldarse a las circunstancias inciertas.
Es volver a casa, alimentando esa ilusión vaga de la propiedad privada, como si realmente existiese algo tuyo y permanente.
Te interpelan todos los vínculos que se acercan y todos los que se alejan.
Todos los espacios de cada instante están colmados de: preguntarse, evadirse, ahogarse, motivarse y morirse un poco más con cada instante.
Pero siempre volver.
Siempre estoy volviendo. Siempre me estoy yendo.
Siempre a ningún lugar, en ningún momento.
Es la omnipresencia de irme para unes y volver para otres.
